Docentes de la cordillera Central, vocación desafiada por el aislamiento y el sacrificio familiar

Cada lunes por la mañana, Vicente Peña, de 36 años, y Chanel Corcino Brioso, de 32, se levantan, se asean, toman café, se colocan botas y capas para protegerse del frío y la lluvia, guardan la ropa necesaria en sus mochilas y cargan dos botellones de agua potable en sus respectivas motocicletas, entre otros menesteres. Luego se despiden de sus seres queridos, a quienes no volverán a ver durante al menos cinco días.

Ese es parte del ajetreo semanal que enfrentan estos docentes antes de emprender un viaje de unos 45 kilómetros desde el municipio de Guayabal, en Azua, hasta la remota comunidad de El Gramazo, donde hay alrededor de 70 estudiantes. Aunque no figura en el pensum académico, esta tortuosa expedición es una especie de tarea extracurricular para unos 25 maestros que llevan educación a comunidades rurales de difícil acceso, siendo El Gramazo el destino más aislado. 

Este pequeño paraje agrícola está asentado en un altiplano de montaña en la Cordillera Central que sirve de frontera entre Azua y La Vega. Tras años a oscuras, en febrero pasado, el Ministerio de Energía y Minas lo electrificó con paneles solares. Debido a que Constanza se encuentra a solo 23 kilómetros de distancia, la comunidad mantiene un estrecho vínculo social con ese municipio. Sin embargo, la gestión educativa depende de Padre Las Casas. 

"En verdad, es una travesía muy fuerte. El camino es fatal. Tenemos que cruzar un puente de palo"

Vicente Peña

Docente en la Cordillera

Llegar hasta allí implica un sinfín de periplo entre montañas, lodo, barrancos, un puente de madera improvisado, pendientes pronunciadas y atajos por caminos vecinales. Son dos horas de recorrido, dos veces por semana, por la serpenteante carretera Padre Las Casas-Constanza, una obra cuya conclusión por parte de Obras Públicas se mantiene en promesas. 

"En verdad, es una travesía muy fuerte. El camino es fatal. Tenemos que cruzar un puente de palo. La lluvia, a veces, nos maltrata. La carretera está un poco deteriorada. No vivimos tan bien que digamos, nos estamos acostumbrando", indica Vicente, sobre su profesión. Tiene ocho meses ejerciéndola.