Transporte público parece no tener solución
Por la Redacción.- Ramón B. Suárez / Editor
El amanecer en la ciudad apenas despunta, pero el ritual ya ha comenzado.
El ciudadano promedio, aquel que no posee la fortuna de un "millonario negocio" fácilmente extensible por años, se enfrenta al laberinto del transporte público en la República Dominicana.
Cada día es una nueva escena, digna de una serie de Netflix de protesta social, pero la realidad se vive en las calles, no en la pantalla.
Lo que debiera ser un servicio esencial, un pilar de la vida urbana, se ha convertido en un entramado complejo donde sindicatos y empresarios del sector, agrupados bajo distintos estandartes, parecieran dictar las reglas del juego.
La crítica se ha vuelto recurrente, emanando desde todos los estratos; hasta el periódico más influyente ha reseñado cómo figuras emblemáticas del transporte, otrora líderes gremiales y hoy consolidado en fortunas, han prosperado a costa de una visión de país que parece haber cedido de manera complaciente.
Gobiernos van y vienen, pero el "relajo" persiste. Se habla de modernización, de nuevas rutas, de teleféricos que surcan el cielo y de metros subterráneos que prometen fluidez.
Sin embargo, para el usuario final, la experiencia se mantiene en un estado de caos casi normalizado.
La presión constante de estos grupos organizados, capaces de paralizar el país al antojo, demuestra cuán arraigada está su influencia y cuán frágil la política pública orientada al bien común.
La falta de una visión integral y sostenida, una política de tránsito y transporte con el objetivo primordial de aliviar la carga del ciudadano que carece de alternativas, deja un saldo de oportunidades perdidas y frustración colectiva.
La búsqueda de un culpable parece obvia en los titulares, pero la solución es esquiva en el asfalto.