Irak: la guerra que debía ser corta y mantuvo a EE. UU. allí durante dos décadas

Washington retira sus últimos soldados 23 años después de una invasión justificada en gran medida por unas armas de destrucción masiva que no fueron encontradas; el conflicto dejó una enorme factura humana, económica y política

Estados Unidos completó este miércoles 30 de septiembre la retirada de sus últimas fuerzas de Irak, cerrando un ciclo iniciado con la invasión de marzo de 2003 y que sobrevivió al derrocamiento de Saddam Hussein, una cruenta insurgencia, una guerra sectaria, el ascenso del Estado Islámico y el creciente peso de Irán sobre la política iraquí. El Pentágono confirmó la salida de los últimos efectivos de la base de Erbil, en el Kurdistán iraquí.

La salida pone punto final a una intervención militar que comenzó bajo el republicano George W. Bush, tuvo su primera retirada durante el demócrata Barack Obama, volvió a desplegarse ante el Estado Islámico y termina ahora bajo el republicano Donald Trump, en cumplimiento de un proceso acordado en 2024 durante la presidencia de Joe Biden. Washington mantendrá cooperación limitada en entrenamiento e inteligencia, pero la seguridad quedará esencialmente en manos iraquíes.

Una invasión que cambió de objetivo

Estados Unidos y sus aliados invadieron Irak el 20 de marzo de 2003. La administración Bush presentó como argumentos centrales la amenaza atribuida al régimen de Saddam Hussein, sus supuestos arsenales de armas químicas y biológicas y el incumplimiento de resoluciones de Naciones Unidas. El Congreso había autorizado el uso de la fuerza en octubre de 2002. Sin embargo, las grandes reservas de armas de destrucción masiva que se temían antes de la invasión no fueron encontradas. Las investigaciones posteriores concluyeron que Saddam había destruido sus principales arsenales químicos y biológicos años antes, aunque conservaba conocimientos y capacidades que podían permitir reconstruir programas en determinadas circunstancias.

Bagdad cayó en pocas semanas y Saddam fue derrocado, pero la victoria militar abrió una etapa mucho más difícil. La desaparición del régimen, el desmantelamiento de estructuras estatales y militares y las divisiones entre chiíes y suníes contribuyeron a una insurgencia y una violencia sectaria que transformaron una campaña concebida inicialmente como relativamente rápida en una prolongada ocupación.

La salida que no fue definitiva

Las últimas tropas estadounidenses de aquella etapa abandonaron Irak en diciembre de 2011. Pero el vacío de seguridad quedó dramáticamente expuesto tres años después: el Estado Islámico conquistó Mosul y llegó a controlar aproximadamente un tercio del país. A petición de Bagdad, Washington regresó en 2014 al frente de una coalición internacional.

Esa es una de las principales explicaciones de una permanencia tan larga. Después de Saddam, la misión pasó de combatir una insurgencia a sostener las instituciones iraquíes; después, a derrotar al Estado Islámico y evitar su resurgimiento.

  • Paralelamente, Irak se convirtió en uno de los principales escenarios de la rivalidad entre Estados Unidos e Irán, cuyo peso político y militar aumentó mediante partidos y milicias chiíes. The Washington Post y Financial Times destacan precisamente ese fortalecimiento de la influencia iraní como uno de los grandes interrogantes que deja la retirada.

La factura humana y económica

Más de 4,500 militares estadounidenses murieron en Irak. Las estimaciones sobre las víctimas iraquíes varían según la metodología: Iraq Body Count registra más de 200,000 civiles muertos directamente por la violencia, mientras el proyecto Costs of War de la Universidad Brown calcula que las guerras desarrolladas en Irak y Siria desde 2003 han provocado entre 550,000 y 580,000 muertes directas, incluyendo combatientes y civiles.

También es difícil encerrar el costo financiero en una sola cifra. Brown estimó en 1.79 billones de dólares los costos estadounidenses acumulados de las operaciones en Irak y Siria hasta 2023 y en 2.89 billones la factura al incorporar obligaciones futuras, especialmente la atención a veteranos. Una estimación anterior dedicada específicamente a Irak calculó que la guerra terminaría costando al contribuyente estadounidense al menos 2.2 billones de dólares, incluidos compromisos posteriores al combate.

Una guerra que también dividió a Washington

Irak tuvo consecuencias profundas para republicanos y demócratas. La invasión fue impulsada por una administración republicana, pero recibió respaldo bipartidista en el Congreso: el Senado aprobó la autorización para emplear la fuerza por 77 votos contra 23 en octubre de 2002. Con el aumento de las bajas y la ausencia de los arsenales esperados, el respaldo popular se deterioró.

Para las elecciones legislativas de 2006, Irak se había convertido en un asunto central y particularmente movilizador para los votantes demócratas. Pew Research Center encontró posteriormente que un 54 % de los estadounidenses consideraba equivocada la decisión original de ir a la guerra. El conflicto erosionó políticamente a la administración Bush y abrió una profunda brecha partidista sobre la permanencia de las tropas, mientras la oposición a la guerra se convirtió en uno de los elementos que diferenciaron a Barack Obama durante su ascenso político.

Del petróleo al bolsillo

El impacto de Irak sobre el costo de vida mundial es más difícil de aislar. El FMI advirtió desde 2003 que la incertidumbre bélica estaba afectando los precios del petróleo, los mercados financieros y la confianza, aunque señaló que otros productores compensaron inicialmente parte de la caída de la oferta iraquí. Por ello, no puede atribuirse a la guerra por sí sola la inflación mundial de las décadas siguientes.

Su legado económico fue, sin embargo, más amplio: enorme gasto financiado con deuda estadounidense, reconstrucción, atención a veteranos y una prolongada prima de riesgo geopolítico en una región decisiva para la energía mundial.

Veintitrés años después de que los primeros soldados cruzaran la frontera iraquí, Estados Unidos se marcha de un país muy distinto al que invadió. Saddam Hussein desapareció y el Estado Islámico perdió su califato territorial, pero Irak continúa enfrentándose a milicias poderosas, células yihadistas y a la pugna de influencia entre Washington y Teherán. La retirada cierra la presencia militar; el balance político y económico de aquella guerra seguirá abierto durante años.