Se echaron a las montañas huyendo de las deudas. Cuatro años y un montón de ovejas después, ahora son las estrellas de Narahío

“Evidentemente, era una idea que siempre estuvo instaurada en mi cabeza y que compartía con muy pocas personas; una de ellas fue mi mejor amigo del instituto, Jose, que descubrí que tenía el mismo sueño y que ahora es mi marido y compartimos esta aventura. Cuando acabé la carrera, sabía que quería vivir en el campo lo antes posible, pero era difícil alquilar una casa, hacer el máster, los traslados, coche… demasiado gasto y poco ingreso, así que inviable. Pero se nos dio una oportunidad con la que no contábamos: la bisabuela de Jose se mudó a la ciudad por problemas de salud y dejó vacía su casa en el campo”.

Así empieza el relato de Sandra Martínez y José Piñeiro, abogada y marino, un matrimonio que dejó la ciudad hace más de tres años para instalarse en la parroquia de Naraío (San Sadurniño, A Coruña), y hoy viven con sus ovejas, agua de lluvia y un canal que documenta su aprendizaje como granjeros. Más que un plan maestro, lo que hubo es una oportunidad para intentarlo. Nos cuentan que no ha sido fácil y a veces el coste es muy alto, pero lo asumen con orgullo.

Del alquiler apretando a la casa vacía

Sandra cuenta que la idea de vivir en el campo llevaba años rondándole la cabeza, compartida con muy poca gente: entre ellas, su pareja, a quien conoció en un instituto de Ferrol. Al terminar la carrera de Derecho, quería irse al campo "lo antes posible", pero los números no cuadraban: alquilar, hacer el máster, los traslados, el coche... "demasiado gasto y poco ingreso, así que inviable". La oportunidad llegó de fuera: la bisabuela de su pareja tuvo que mudarse a la ciudad por salud y dejó vacía la casa familiar en Naraío. Se instalaron en dos días. Una semana después llegó el confinamiento de 2020 por COVID, y ahí se quedaron, sin poder salir. "Nos enamoró", resume Sandra.

Según un estudio realizado en el primer semestre de 2026, seis de cada diez demandantes de vivienda en España quieren mudarse a un pueblo o ya lo tienen planeado, sobre todo por precio, y son los más jóvenes quienes más se mueven: el 23% de los que tienen entre 18 y 24 años ya lo ha planificado, frente al 38% de los de 25 a 34. El Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud de España lo confirma: solo el 14,5% de los jóvenes de 16 a 29 años ha logrado independizarse, y la edad media de emancipación ronda los 30,2 años, frente a los 26 de la media europea. A esto se suma que el 44,3% de quienes tienen entre 26 y 34 seguía viviendo con sus padres en 2025, según datos del INE.

De ese encierro nació el archivo audiovisual que hoy conoce cierta comunidad: al principio subía vídeos solo para que su hermana, sus amigos de la carrera y sus padres —todos lejos— los vieran "aprender a ser granjeros". Como contó a COPE, "mis amigos alucinaban porque no entendían el porqué de este cambio". Las redes fueron llegando después, no al revés, y el salto de hobby a proyecto de vida llegó tras "una conversación seria de esas de horas", el momento en que ambos decidieron que aquello era lo suyo.

De una plantación de eucaliptos a Nosa Granxa

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El proyecto se llama Nosa Granxa, y su primer gran reto no fue la electricidad, sino el propio terreno: transformar una plantación de eucaliptos en un bosque autóctono. En Galicia, el eucalipto ocupa ya más del 17% del territorio, según datos manejados por organizaciones forestales como Cousa de Raíces, y cambiar la calificación de un monte afecta a los márgenes de plantación de las fincas colindantes, lo que a Sandra le trajo roces con vecinos temerosos por sus propios cultivos. "Por suerte, esa parte salió bien", cuenta, "y nos llevamos de mil amores con todos". Hoy la pareja es propietaria de una finca de cinco hectáreas que planean repoblar con especies autóctonas.

Ninguno de los dos se había criado en el campo, así que todo hubo que aprenderlo desde cero. Su mejor fuente no fueron los libros, sino los vecinos de la aldea, en especial Josefina, una mujer de 80 años a la que Sandra describe con "el espíritu de una de 30" y cuyos saberes populares quiere reunir en una granja escuela virtual, un proyecto que ya le ha valido el premio Xuventude Crea de la Xunta. La energía la resolvieron apostando por lo más limpio posible: aprovechamiento de residuos y compostaje; el siguiente paso, todavía en trámite, es instalar depósitos subterráneos para captar agua de lluvia y "cerrar el círculo" del autoabastecimiento.

Preguntada por si vivir así le ha cambiado la forma de pensar, Sandra rehúye la épica fácil: no cree tener el monopolio de una conciencia que antes no tenía. "Toda persona tiene la responsabilidad de cuidar su entorno, viva o no en el campo o del campo", dice, "al final cada uno lo adapta a su vida y a su día a día". Lo que sí reconoce es que el contacto directo con los problemas —el suelo, el agua, la burocracia forestal— ha profundizado ideas que antes solo rozaban: "Hemos podido ver las problemáticas más de cerca y en primera persona y eso forja unos nuevos ideales y pensamientos que quizás antes, no es que no tuviéramos, pero quizás no profundizábamos tanto".

Educar sin colegio

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En España, la escolarización es obligatoria entre los 6 y los 16 años según la LOMLOE, y el artículo 27 de la Constitución reconoce el derecho de los padres a decidir la formación de sus hijos, pero ninguna ley regula explícitamente la educación en casa: el homeschooling no está prohibido, tampoco amparado. Es, literalmente, alegal, y las comunidades autónomas pueden abrir expedientes por absentismo si consideran que un menor no está suficientemente atendido.

Cuando se cuenta una historia así, es casi inevitable que a alguien se le venga a la cabeza Captain Fantastic (2016), la película de Matt Ross en la que Viggo Mortensen educa a sus seis hijos aislado en los bosques del noroeste de Estados Unidos, sin colegio y casi sin contacto con el resto del mundo. Pero Sandra desmonta el mito del aislamiento en cuanto se le pregunta por la socialización de sus hijos, "eso nos dice mucha gente": hay colegios, guarderías y actividades extraescolares y públicas al alcance, y "hoy en día el coche te pone donde quieras, no es como antes".

"Nunca nos hemos sentido solos". Sandra se define reservada, cómoda con el silencio, y por eso el campo le sienta bien en ese aspecto concreto. Pero insiste en que la soledad no tiene razón de ser. Narahío es una aldea pequeña que aún funciona como comunidad de la vieja escuela. "Cuando uno planta, allá que vamos todos; cuando a alguien le pare una vaca, allá que vamos todos; cuando alguien tiene una obra, allá que vamos todos", describe. Es un tipo de vínculo que, admite, no vivió en todos sus años previos en la ciudad, y su forma de relacionarse ha cambiado un poco, sí, pero no la cambiaría "por nada".

¿Sueño replicable o privilegio de nicho?

La historia de Sandra no es un caso aislado, ni siquiera dentro de este mismo patrón de vida. En Jaén, otra pareja de idénticos nombres —Sandra y José— llegó a Jaén a un cortijo familiar heredado tras dejar Girona, y hoy cría a sus cuatro hijos sin colegio, también mediante homeschooling. Su energía depende de dos baterías de litio de 4,4 kWh cada una, un sistema de placas que ha tenido que reconstruir tres veces después de que el viento se lo llevara por completo, y ocho depósitos para recoger el agua de lluvia; duermen en futones de algodón y lana, y usan luz roja por defecto para proteger el ciclo circadiano. Decenas de medios han seguido su experiencia y la han convertido en un "caso de éxito" del género, con entrevistas recientes en canales como el de Arnau Serrado.

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En Corterrangel (Huelva), la pareja de científicos formada por Ainara y Roger elevó casi un 20% la población del pueblo al mudarse desde Sevilla para criar a su hija Irati en plena naturaleza, aprovechando que allí pudieron comprar su casa de golpe con lo ahorrado, algo impensable en la ciudad. En Galicia, Lucía dejó Madrid a los 27 años para restaurar con permacultura una casa centenaria en una aldea de apenas nueve vecinos, convencida de que "estos sitios merecen que la gente vuelva a repoblarlos". Más radical es el caso de Ary, que a los 32 vendió su vivienda y su negocio para instalarse en una furgoneta de apenas cinco metros cuadrados sin pagar ni luz ni agua.

La fórmula atrae incluso capital extranjero: una pareja neerlandesa compró Bárcena de Bureba, una localidad de Burgos abandonada desde hacía más de cuatro décadas, para convertirla en ecoaldea autosuficiente, mientras que un grupo de amigos reunió 140.000 euros para comprar una aldea entera cerca de Lugo, vacía desde hacía 50 años, con la idea de restaurarla casa a casa y jubilarse todos juntos. Y en el extremo opuesto del mapa, Rosa y Sixto llevan treinta años sosteniendo a sus cinco hijas junto al río Napo, cultivando yuca, banana y ají, la prueba de que este modelo de vida lleva generaciones funcionando mucho antes de que existieran las redes sociales para contarlo.

Salir de la ciudad no es salir del sistema, solo cambia el tipo de dependencia. Y Sandra, como el resto, desmonta la postal bucólica: llevaba tiempo sin responder porque "ha sido una temporada tan tan tan dura" que tuvo que dejarlo todo un poco de lado. El bosque, al final, también tiene facturas, papeleo, mucho cansancio y desgracias, tanto con sus animales como con personas cercanas. La vida en Narahío no es la postal que circula en redes, sino un proyecto sostenido a base de aprender sobre la marcha, tropezar y, algunas temporadas, aguantar simplemente.

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