África quiere plantar 100 millones de árboles desde hace 19 años. Ahora su Muralla Verde en el Sáhara coge forma
A lo largo de los casi 8.000 kilómetros que separan Senegal de Yibuti, el continente africano está inmerso en uno de los proyectos de ingeniería ecológica y adaptación climática más ambiciosos que conocemos y que es conocido como la 'Gran Muralla Verde'. Su objetivo oficial para 2030, fijado por la ONU, es restaurar 100 millones de hectáreas de tierra degradada, secuestrar 250 millones de toneladas de carbono y crear 10 millones de empleos.
Su historia. Cuando el proyecto nació hace casi dos décadas, la idea principal se basaba en la plantación masiva de árboles en líneas rectas para frenar físicamente el avance de la arena. Sin embargo, la ciencia demostró que esta aproximación partía de una concepción obsoleta de la desertificación que se trataba de abordar.
Aquí los estudios que se fueron publicando confirmaron que plantar grandes árboles en zonas semiáridas generaba problemas como una baja tasa de supervivencia, la reducción de la humedad del suelo o incluso el descenso de los acuíferos locales. Y ante un escenario lleno de problemas y conflictos, los expertos tuvieron que cambiar hacia un enfoque de mosaico adaptado al contexto que tenían delante.
Lo que hicieron fue apostar por plantar arbustos, que se ha demostrado que es algo mucho más efectivo y sostenible para la adaptación climática en el Sahel que los grandes árboles. Además, todos los esfuerzos fueron también encaminados a apoyar la agricultura tradicional, puesto que se ha visto que en el Sahel semiárido, las tierras de cultivos gestionadas por la población local ya albergan una mayor cobertura leñosa que las sabanas vecinas.
La buena noticia es que aunque las plantaciones no alcancen niveles de alta densidad forestal, las mediciones confirman que los árboles que logran establecerse proporcionan diferentes "servicios" como sombra, retención de agua o nutrientes para la supervivencia de las comunidades locales.
Las cifras. Medir el impacto de un proyecto de escala continental es un desafío estadístico gigantesco y durante años, las cifras bailaron dependiendo de qué proyectos se incluían bajo el paraguas de la iniciativa. Por ejemplo, en 2020 se estimaban cerca de 18 millones de hectáreas restauradas en toda la región, impulsadas fuertemente por los 12 millones aportados en solitario por Etiopía.
Pero para darle más validez a estas cifras, la UNCCD presentó su revisión de cinco años con un nuevo sistema de medición mucho más estricto. Bajo este sistema se determinó que se habían conseguido 1,66 millones de hectáreas en proceso de restauración, con 4,6 millones de empleos creados.
La financiación. Para alcanzar las metas de 2030, se estima que la Gran Muralla Verde necesita una inversión total de 33.000 millones de dólares. Una gran cantidad de dinero con la que la comunidad internacional ha respondido con grandes compromisos, pero el desembolso real choca a menudo con la burocracia.
Por ejemplo, en 2023, de los 19.000 millones de dólares prometidos por diversos actores internacionales, se había programado el 80 %, pero solo se había materializado un 13 % sobre el terreno. Detrás se encuentran instituciones como el Banco Africano de Desarrollo, que lideran el esfuerzo financiero, comprometiendo hasta la fecha más de 3.320 millones de dólares.
El verdadero obstáculo. La Gran Muralla Verde es, en esencia, una carrera contrarreloj por la supervivencia económica de la región. Según los modelos del Grupo del Banco Mundial de 2022, si no se aplican medidas urgentes de adaptación, los choques climáticos para 2050 podrían empujar a 13,5 millones de personas a la pobreza extrema en el G5 Sahel, provocando caídas del PIB de hasta un 11,9 % en Níger y un 6,8 % en Burkina Faso.
Pero la barrera más insalvable para el reverdecimiento no es la aridez del suelo, sino la geopolítica. Aquí los expertos han calculado que, de las 28 millones de hectáreas en el Sahel que son económicamente rentables para su restauración, solo 14 millones están disponibles en la práctica. La otra mitad se encuentra bloqueada por conflictos armados y la inseguridad crónica de ciertas zonas.
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