En 1931, los humanos abandonaron 4.000 ovejas en una isla remota. 40 años más tarde tuvieron que ir a eliminarlas porque su evolución era un peligro
Cuando los últimos habitantes de una explotación ganadera abandonaron Campbell Island, dejaron atrás unas 4.000 ovejas. Durante las cuatro décadas siguientes, aquellos animales sobrevivieron sin pastores, esquileo ni selección artificial en una isla subantártica azotada por el viento y la humedad. Cuando los humanos regresaron en los años setenta, encontraron una población con características singulares, pero también un problema: estaban destruyendo la isla y había llegado el momento de eliminarlas.
Una granja muy lejos de todo. Campbell Island se encuentra en pleno océano Austral, a más de 600 kilómetros al sur de Nueva Zelanda continental, y nunca fue un lugar sencillo para mantener una explotación ganadera. Las primeras 400 ovejas llegaron en 1895 y posteriormente se introdujeron miles más, procedentes de diferentes cruces de merinos, Lincoln y Leicester.
El viento, la humedad, los suelos de turba y, sobre todo, un transporte marítimo irregular convertían cualquier operación cotidiana en un problema, hasta el punto de que encontrar trabajadores dispuestos a soportar semejante aislamiento también resultaba complicado.
Se marchan los humanos sin las ovejas. El último intento de mantener el negocio correspondió a John Warren, que todavía introdujo unas 5.000 ovejas en 1927. El desplome posterior de los precios de la carne y la lana, unido a los enormes problemas de abastecimiento y a los efectos de la Gran Depresión, terminó haciendo inviable la explotación.
Warren abandonó finalmente la isla prácticamente arruinado en 1931. Detrás quedaron alrededor de 4.000 ovejas y entre 20 y 30 reses que, de un día para otro, dejaron de ser ganado gestionado por humanos y comenzaron a sobrevivir por su cuenta.
Campbell Island
40 años al libre albedrío. Las ovejas dejaron de ser esquiladas, alimentadas, protegidas y seleccionadas por ganaderos, de modo que sobrevivir y reproducirse pasó a depender de su capacidad para soportar las condiciones de Campbell Island. La población sufrió primero una enorme criba: después de haber superado los 8.000 ejemplares durante la etapa ganadera, hacia 1961 quedaban alrededor de 1.000, aunque durante los años sesenta volvieron a aumentar hasta aproximarse a los 3.000.
Los estudios posteriores encontraron características especialmente útiles para aquella vida salvaje, como la capacidad de desprenderse por sí mismas de parte del vellón, reproducirse desde aproximadamente un año de edad y presentar mayores tasas de reproducción que durante algunos periodos de la antigua explotación.
Parecían normales, pero no lo eran. Décadas de aislamiento convirtieron aquella población en un pequeño experimento involuntario de selección natural, aunque no todos los rasgos observados pueden atribuirse con certeza exclusivamente a la evolución ocurrida en la isla. Se documentó resistencia a problemas como la podredumbre de las pezuñas y posteriormente se describieron comportamientos llamativos, como hembras capaces de parir de pie y corderos vigorosos que podían caminar pocos minutos después de nacer.
Eran animales resistentes y capaces de desenvolverse sin muchos de los cuidados asociados a un rebaño doméstico, precisamente porque durante generaciones los ejemplares menos adaptados habían tenido muchas menos posibilidades de sobrevivir y reproducirse.
Ovejas en la isla Campbell
Devorando la isla. Lo que resultaba fascinante para los investigadores era desastroso para Campbell Island. Las ovejas llevaban décadas pastando sobre comunidades vegetales que habían evolucionado sin grandes herbívoros terrestres y estaban alterando seriamente la flora autóctona, sumándose al impacto histórico provocado por otras especies introducidas como ratas, cerdos y cabras.
Cuando Campbell Island se convirtió en reserva en 1954, conservar aquel rebaño asilvestrado dejó de tener sentido: proteger el ecosistema significaba eliminar precisamente a los animales que habían demostrado ser capaces de sobrevivir allí.
La caza. Casi cuatro décadas después del abandono de la granja, Nueva Zelanda levantó una valla que atravesaba la isla y comenzó a eliminar las ovejas situadas al norte de la barrera. Las del sur permanecieron temporalmente, creando además un enorme experimento de campo que permitía comparar cómo respondía la vegetación cuando desaparecía el pastoreo.
La erradicación continuó durante los años siguientes hasta acabar con la población salvaje a finales de los ochenta y comienzos de los noventa, permitiendo que plantas autóctonas castigadas durante décadas comenzaran a recuperar el terreno perdido.
Salvar a diez. Aquí aparece la última paradoja de la historia. Las ovejas tenían que desaparecer de Campbell Island para proteger su naturaleza, pero décadas de aislamiento habían convertido a aquella población en algo genéticamente demasiado interesante como para permitir que desapareciera por completo.
Durante los veranos de 1975-1976 se seleccionaron diez ejemplares y se trasladaron a Nueva Zelanda continental, donde sus descendientes fueron mantenidos como una población pura y permitieron conservar características desarrolladas durante aproximadamente 45 años de vida salvaje.
Una rareza que proteger. Los descendientes de aquellos animales sobrevivieron después en explotaciones neozelandesas y Campbell Island sheep pasó a considerarse una población rara cuyo principal valor reside precisamente en su singular patrimonio genético.
Es el extraño desenlace de un experimento que nadie había planeado: los humanos introdujeron ovejas en una isla remota, abandonaron unas 4.000 cuando el negocio quebró y regresaron 40 años después para exterminar a sus descendientes porque amenazaban el ecosistema. Pero antes de hacerlo se llevaron una pequeña muestra a casa, conservando fuera de Campbell Island aquello que la selección natural había producido mientras nadie estaba mirando.
Imagen | PickPick, Albatross2147. MNZ