En 1945 la bomba nuclear se hizo realidad: acto seguido imaginamos los proyectos atómicos más locos posibles
En los años cincuenta parecía que la humanidad estaba a las puertas de una nueva revolución industrial. La energía atómica iba a dejar atrás el carbón, el petróleo y el vapor que heredamos de la primera. No todo era de color de rosa, claro, pero la inocencia de la época, y lo poco que se sabía entonces de los peligros de la radiación, nos dejó algunos proyectos tan ambiciosos como disparatados. Ninguno pasó de prototipo.
Hoy la energía nuclear produce electricidad en todo el mundo y mueve submarinos, portaaviones y rompehielos. En aquella época, sin embargo, se llegó a pensar que el átomo podía moverlo absolutamente todo.
El principio es sencillo. Cuando el núcleo de un átomo pesado, como el uranio o el plutonio, se divide, libera una enorme cantidad de energía en forma de radiación y de calor. Si esa reacción en cadena se descontrola, tenemos una bomba. Si se modera, tenemos un reactor que calienta agua hasta convertirla en vapor y mueve una turbina, como en cualquier central nuclear. Con esa idea en la cabeza, ingenieros de coches, aviones y naves espaciales se pusieron a soñar.
En 1958 Ford presentó el Nucleon, un coche concepto propulsado por un pequeño reactor colocado entre las ruedas traseras. El reactor generaría vapor para mover unas turbinas, y la cabina iba muy adelantada para alejar a los ocupantes del núcleo. La marca soñaba con estaciones de servicio en las que se cambiaría el núcleo cada 8.000 kilómetros, como quien cambia un filtro. El Nucleon nunca pasó de ser una maqueta a escala 3/8, que hoy se conserva en el Museo Henry Ford de Dearborn. Nadie sabía cómo encoger un reactor hasta ese tamaño ni cómo blindarlo sin cargar el coche con toneladas de plomo.
Alocadas ideas atómicas
La segunda idea llegó bastante más lejos: montar un reactor en un bombardero para que pudiera pasar días en el aire y atacar a un enemigo situado en la otra punta del mundo. Fue el programa de propulsión nuclear para aviones de la Fuerza Aérea estadounidense, y los problemas se multiplicaron. El primero era proteger a la tripulación. El segundo, convertir el calor del reactor en empuje. Se estudiaron dos caminos. El más sencillo hacía pasar el aire directamente por el núcleo antes de expulsarlo por las toberas, a costa de dejar una estela radiactiva. El más limpio usaba un intercambiador de calor que mantenía la radiación dentro del reactor, pero era mucho más complejo y pesado.
Las pruebas en vuelo se hicieron con un avión de Convair, no de Boeing: el NB-36H, un bombardero B-36 Peacemaker que había quedado dañado por un tornado. Convair le reconstruyó el morro como una cápsula blindada de plomo y caucho de unas 12 toneladas. Entre septiembre de 1955 y marzo de 1957 completó 47 vuelos y 215 horas en el aire, 89 de ellas con el reactor encendido. Pero el reactor nunca movió el avión: iba a bordo para comprobar que el blindaje funcionaba. El programa se canceló en marzo de 1961. Los misiles balísticos intercontinentales ya hacían innecesario un bombardero capaz de volar durante días.
La idea, sin embargo, no estaba tan muerta como parecía. El 21 de octubre de 2025, Rusia probó el Burevestnik, un misil de crucero con un pequeño reactor nuclear integrado en el motor. Según el Estado Mayor ruso recorrió 14.000 kilómetros en unas 15 horas, un dato que no se ha podido verificar de forma independiente. Ya se había cobrado vidas: en 2019, una explosión durante la recuperación de uno de estos misiles en el mar Blanco mató a cinco técnicos.
La tercera idea es la más asombrosa de todas. El Proyecto Orión quería construir una nave capaz de llevar tripulación a Marte, o más allá, propulsada por una sucesión de explosiones atómicas. La propulsión nuclear por pulsos la había planteado el matemático Stanislaw Ulam en Los Álamos, el laboratorio donde se diseñaron las bombas de Hiroshima y Nagasaki. El proyecto arrancó en 1958 en la empresa General Atomic, en San Diego. Lo dirigía Ted Taylor, antiguo diseñador de bombas de Los Álamos, y se sumó el físico Freeman Dyson. Lo financió primero ARPA y después la Fuerza Aérea y la NASA, y su lema era “Marte en 1965, Saturno en 1970”.
A Marte cabalgando una bomba atómica
El diseño funcionaba así: bajo la nave había una gran placa de empuje unida a la cápsula por amortiguadores. Las bombas salían expulsadas por un orificio en el centro de la placa y estallaban a cierta distancia, de modo que cada explosión empujaba la nave hacia delante. En noviembre de 1959, un modelo de un metro bautizado como “Hot Rod” voló con explosivos convencionales y demostró que el vuelo a base de impulsos podía ser estable. Para lanzar las cargas a un ritmo regular, el equipo llegó a consultar a Coca-Cola sobre la maquinaria de sus fábricas de embotellado. Las versiones más ambiciosas que calculó Dyson, ya pensando en viajes interestelares, alcanzaban en torno al 3% de la velocidad de la luz.
El Tratado de Prohibición Parcial de Ensayos Nucleares de 1963, que vetó las explosiones atómicas en la atmósfera y en el espacio, le dio la puntilla. A eso se sumaba la preocupación por la lluvia radiactiva de cada despegue. En enero de 1965, como contó el propio Dyson en un artículo titulado “Muerte de un proyecto”, Orión desapareció sin que casi nadie se enterara. La BBC repasó su historia en el documental “To Mars by A-Bomb” (2003), con entrevistas a sus diseñadores.
Más de sesenta años después, la propulsión nuclear espacial sigue sin despegar. DARPA y la NASA querían probar en órbita un motor nuclear térmico, el proyecto DRACO, pero DARPA lo canceló en 2025 al concluir que los costes ya no compensaban. Lo que sí sigue adelante es el plan de la NASA de instalar un reactor de fisión de 100 kilovatios en la Luna hacia 2030, pensado para dar electricidad durante la larga noche lunar, no para propulsar nada.
A nadie se le ocurre ya meter un reactor en un coche. Lo del avión atómico ha reaparecido convertido en misil. Y la carrera espacial la ganaron los cohetes químicos de Wernher von Braun, algo que, visto con perspectiva, quizá no fue tan mala noticia: de horrores atómicos ya tenemos suficientes con Chernóbil y Fukushima.
Imagen | Commons, Danny Greenberg