Hasta ahora, las apps de siempre solo podían hacer lo que sus creadores querían. La IA está dinamitando eso
Antes descargabas una aplicación para algo muy concreto que necesitabas y debías aguantar el resto de funciones extra. Para competir, los desarrolladores fueron engordando sus apps hasta niveles a menudo absurdos. Así que ahí estabas tú, con una aplicación que te servía para una cosa específica y que añadía otras mil funciones que gastaban recursos en balde. El desarrollador mandaba, y la única vía de vuelta eran las sugerencias.
La dificultad de contentar a todos. Una aplicación suele despegar para cubrir una necesidad concreta. Que el usuario beba agua, que pueda activar la linterna o que comparta las fotos con sus amigos. Cuando hay decenas de aplicaciones que cubren dichas necesidades, la única forma de seguir destacando es engordar el software. Además, hay otro problema añadido: siempre habrá tareas muy específicas que se quedarán fuera porque el dev no puede especializar la aplicación a cada usuario.
Es imposible hacer feliz a todo el mundo. Como el meme que puso mi madre en el grupo de WhatsApp, lo primero es hacerse feliz a uno mismo. Si sabes justo lo que quieres, ¿por qué no tener un botón para eso en la aplicación? Es justo lo que está facilitando la IA.
App creada con Grok. Puede ejecutarle desde ahí o bajar el APK para instalarla en un Android
Si quieres algo, hazlo tú. El vibecoding está permitiendo algo que hace unos pocos años era imposible: crear una aplicación como ese sastre que hace trajes a medida. Solo que el sastre ya no es un desarrollador, sino un LLM con una interfaz de chat.
He creado ya multitud de aplicaciones adaptadas a mis necesidades concretas. Me he hecho una app para controlar la domótica sin que los datos salgan de mi red, un software para quitar el bloatware de los móviles Android y hasta una app de tareas familiar con base de datos en mi propio servidor. Si tienes imaginación, puedes crearlo.
No es algo nuevo. Parece una revolución, y creo que lo es. Eso sí, no es algo que haya inventado la IA: crear aplicaciones adaptadas es casi tan antiguo como el software, lo que cambia es que la IA no exige aprender su funcionamiento. Ahí están las macros de Excel, por ejemplo. O herramientas como IFTTT, Tasker en Android o Atajos en iOS. Con un poco de práctica resulta posible sacarles oro, pero no son tan sencillas como escribir "Quiero que haga esto".
El poder no desaparece, se desplaza. Antes era el desarrollador quien marcaba lo que podía o no hacer una app. Esta "dictadura" se diluye en favor del usuario, pero eso no implica que exista una verdadera libertad. Porque el poder recae ahora en los modelos de IA. Básicamente, en OpenAI, Anthropic, Google, xAI y compañía.
Lo que hoy parece un servicio más, casi una "commodity", termina convirtiéndose en una dependencia. Y por las dependencias tarde o temprano se cobra. Si quieres una buena app vibecodeada, lo mejor es pagar un buen modelo. Así que la suscripción no desaparece: se muda desde la app del desarrollador al plan de IA contratado. Jugada maestra.
Que puedas hacerla tú no significa que sea mejor. Sí, tenemos una app adaptada a las necesidades, pero no deja de ser una aplicación que funciona sin que sepamos muy bien por qué. No tenemos soporte, la corrección de errores queda del lado del modelo y tampoco hay garantías de que no termine fastidiando algo delicado.
No creo que el vibecoding termine sustituyendo al desarrollador, igual que la generación de imágenes y texto no reemplaza a los diseñadores y escritores. La IA facilita el acceso y lo democratiza, pero solo hasta cierto punto: te da una app que funciona para ti, no una que aguante a miles de usuarios, que sea segura o que alguien siga manteniendo en el futuro.
El botón que faltaba. A corto plazo, veo el panorama así: las apps de siempre seguirán cubriendo lo que necesita casi todo el mundo, y el vibecoding rellenará los huecos que ningún desarrollador puede cubrir. El botón que echabas en falta ya no hay que pedirlo en el buzón de sugerencias: basta con escribirle la orden a un chatbot. Eso sí, conviene no olvidar quién está al otro lado de esa conversación.
Imagen de portada | Iván Linares editada