Mazorcas, cáscaras de coco y el "tesorium" romano: todas las alternativas al papel higiénico antes de que existiera
¿Conocéis esas escenas de película en las que un abuelo le cuenta a su nieto historias de la guerra que se le quedan grabadas para siempre? Algunos tuvimos una versión menos épica: la de cómo, después de hacer de vientre en el campo, nuestros mayores se limpiaban con piedras lo menos afiladas posible. Lo que a las generaciones criadas con papel higiénico les parece una locura fue, durante casi toda la historia, lo normal.
El papel higiénico tal y como lo conocemos es un invento sorprendentemente reciente. El primero que se vendió empaquetado en Estados Unidos fue el de Joseph Gayetty, en 1857. Eran hojas sueltas, impregnadas de aloe y con el nombre del inventor como marca de agua, que se anunciaban casi como un producto de farmacia capaz de prevenir las hemorroides. Lo lógico sería pensar que fue un éxito inmediato, pero no lo fue.
Durante décadas, en las letrinas estadounidenses se usaba el papel que hubiera a mano: periódicos, almanaques o catálogos de venta por correo. Reciclar lo que llegaba en el buzón salía mucho más barato. Además, el asunto era demasiado íntimo como para entrar en una tienda a pedir papel para limpiarse el culo.
El rollo cambió las cosas. En 1871, Seth Wheeler, de Albany (Nueva York), patentó el papel perforado en rollo, oficialmente como “papel de envolver”. En 1891 registró otra patente cuyo dibujo muestra el rollo colgando por encima, la que hoy se saca a relucir en el eterno debate de “por encima o por debajo”. Desde 1890 la Scott Paper Company vendía su papel a los hoteles, lo que le dio un aire de lujo. Y había una razón muy práctica para adoptarlo: con la llegada de las cañerías, el musgo, los trapos o el papel de periódico atascaban las tuberías, y los fontaneros pasaban factura.
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Los chinos, eso sí, nos llevaban siglos de ventaja. Allí el papel se conocía desde el siglo II a.C., y la primera referencia conocida a su uso para limpiarse es del año 589. Ese año, el funcionario Yan Zhitui escribió que no se atrevía a usar con ese fin papel en el que hubiera citas de los clásicos confucianos. En 1393, la corte Ming encargaba 720.000 hojas al año, y la familia del emperador Hongwu tenía las suyas aparte, más suaves y perfumadas.
Remontándonos mucho
Quien no podía pagarse el papel usaba palos. En una letrina de Xuanquanzhi, una estación de la Ruta de la Seda en uso entre el 111 a.C. y el 109 d.C., aparecieron palos con tela envuelta en un extremo, todavía con restos de heces. El análisis, publicado en 2016, encontró huevos de cuatro parásitos intestinales. Uno de ellos, el trematodo hepático chino, solo vive en zonas húmedas situadas a más de 1.500 kilómetros. Fue la primera prueba arqueológica de que los viajeros de la Ruta de la Seda propagaban enfermedades.
En Europa, el agua también tuvo su momento. El bidé surgió en Francia a finales del siglo XVII (la primera referencia escrita es de 1710) como un mueble más del dormitorio, y se extendió sobre todo por el sur del continente. Más allá de eso, las alternativas que se usaban en Occidente son un viaje escatológico a la imaginación de nuestros antepasados.
Los romanos, por ejemplo, tenían el tersorium: un palo con una esponja en la punta que se enjuagaba en agua con sal o vinagre, o en el canal de agua corriente que pasaba a los pies de las letrinas públicas, donde la gente se sentaba hombro con hombro. Aunque Séneca lo menciona, hay arqueólogos que dudan de que sirviera para limpiarse y no para limpiar la propia letrina. Lo que sí está documentado son los pessoi: trozos de cerámica redondeados, a veces fragmentos de ánforas rotas, que griegos y romanos usaban para rasparse. Un artículo del BMJ de 2012 apuntaba que su uso prolongado podía causar irritaciones y complicar las hemorroides.
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En los barcos el espacio era limitado y las travesías duraban meses. Se cuenta que los marineros se limpiaban con el extremo deshilachado de un cabo que luego dejaban colgando en el mar, que hacía de lavadora. En las islas del Pacífico, como Hawái, se habla de cáscaras de coco y conchas. Y en la América rural, donde el maíz sobraba, las mazorcas desgranadas fueron durante mucho tiempo el sustituto más a mano.
Hoy el papel higiénico parece insustituible, hasta que falta. En marzo de 2020, los primeros días de la pandemia dejaron estanterías vacías en medio mundo. En España la escena se repitió el 28 de abril de 2025, el día del apagón. Aquel pánico también llevó a mucha gente a descubrir alternativas. En Japón, más del 80% de los hogares tienen ya un inodoro con bidé incorporado, un invento que Toto lanzó en 1980 y que en 1992 solo estaba en el 14% de las casas. Puede que las mazorcas no vuelvan, pero el rollo de papel quizá no sea el final de esta historia.