Un día, alguien tuvo la brillante, loca e irreverente idea de quitarle un V12 a su Ferrari y embutirle un motor rotativo de Mazda

En el año 2001, Fast & Furious rompía la taquilla y la cabeza de los miles de niños que llenamos las salas atraídos por sus coches llenos de pegatinas, neones y colores estridentes. Tunning, carreras y persecuciones policiales eran un combo que ganador en aquella primera década del nuevo siglo. 

Más tarde llegarían los atracos, las peleas heroicas y hasta los jugueteos con las películas de espías y hasta la ciencia ficción. Pero las tres primeras entregas nos marcaron a partes iguales por los propios coches y la estética de los mismos. Casi todos, coches japoneses. Casi todos con preparaciones que convertían los modelos originales en deportivos que parecían salidos de una serie manga. Sólo el Dodge Charger de Dominic Toretto parecía recordar que allí el dinero lo ponían los americanos.

El culmen de esas tres primeras películas es Tokyo Drift, una salto a la capital nipona donde se intenta contar explicar el peso de Japón en el mundo tunero y adornado con un poco de Touge, las carreras japonesas colina abajo derrapando entre horquilla y horquilla. 

Para esas alturas, ya te puedes imaginar que Japón es uno de esos lugares donde se concentra más amor por las preparaciones y son de mayor calidad. Allí talleres como Liberty Walk son tan famosos como los propios fabricantes. O creadores como Isami Amemiya, reconocido preparador especializado en motores rotativos. Su fama es tal que sale en Gran Turismo. 

Era indudable que si teníamos que encontrarnos con el Ferrari más  extravagante posible iba a estar en Japón. 

Un Ferrari con cuatro motores rotativos

Hace unos días, escuché de refilón que alguien hablaba de un Ferrari al que le habían cambiado su motor V12 por un motor rotativo. Y entonces lo recordé. 

Hace cuatro años, en el Salón de Tokyo de 2022 se presentó una idea tan loca como real: un Ferrari Testarossa al que le habían quitado su motor V12 para instalar un motor rotativo Wankel de cuatro rotores con doble turbocompresor. La creación, evidentemente, llevaba al firma de Isami Amemiya.

Es el motor rotativo lo que hace interesante a esta creación. Este tipo de propulsor carece de los habituales cilindros. Explicado de una manera muy sencilla, se utiliza una cámara con un triángulo en su interior que gira dentro. En el hueco que queda libre y que no es ocupado por ese triángulo es donde se produce la admisión, compresión, explosión y escape de los gases. 

La ventaja de este tipo de propulsores es que pueden generan mucha potencia en un tamaño muy pequeño y su funcionamiento es muy suave. El Mazda Mx-30 REV monta este tipo de motor con un solo rotor como generador de electricidad. Los Mazda RX-7 y RX-8 montaban motores con dos rotores, generando más potencia y mejorando todavía más la suavidad del conjunto. 

El gran punto débil de este tipo de motor es que hay que tratarlo con cariño y hacerle un mantenimiento concienzudo ya que consume más aceite que los motores a los que estamos acostumbrados. Eso sí, es muy pequeño (y menos pesado), genera mucha potencia para su tamaño y puede girar a altísimas revoluciones por minuto, lo que a su vez genera un sonido muy particular. 

El mejor exponente de esto último es el Mazda 787B con el que la compañía ganó en las 24 Horas de Le Mans. Es, de hecho, el único coche equipado con este motor que ha conseguido hacerse con la victoria. Aquel coche de competición contaba con un motor rotativo de cuatro rotores para llevar la potencia todavía más allá. 

Esa configuración fue la que Amemiya ideó para su particular Ferrari con motor rotativo. Y, además le añadió dos turbocompresores para ir todavía un poco más lejos y llegar a los 800 CV. Además, en su idea de hacer el coche algo completamente nuevo, Amemiya no sólo se quedó en el motor. Además, sustituyó casi toda la carrocería para darle una imagen completamente diferente. Allí, a este aficionado japonés, le confirmaron que sólo las puertas, el techo y el interior se habían mantenido como originales. 

Hoy, este particular Ferrari Testarossa es uno de los ejemplos de tunning japonés más extraños, locos y atrevidos de la historia. 

Foto | RE Amemiya